Los titulares económicos anuncian que el agua comienza a cotizar en Wall Street pero, ¿qué quiere decir esto?

Por primera vez en la historia de Wall Street, el índice Nasdaq Veles California Water Index cotiza como un indicador de precios del agua en operaciones de futuros desde el pasado 7 de diciembre. Se trata, sin duda, de un hito histórico en un sector que habitualmente ha estado fuertemente intervenido por el Estado y donde han abundado las concesiones, monopolios y precios regulados, y, en el cual, las consideraciones de carácter social en muchos casos han impedido que el agua pueda comercializarse como una materia prima más.

Cabe destacar que este índice fue creado en 2018, y que la novedad reside en que ahora es posible firmar contratos de futuros de agua utilizándolo como referencia. Por otra parte, también es necesario señalar que su cotización no refleja la de todos los recursos hídricos del país sino solamente el precio medio del agua disponible para la venta en las cinco principales cuencas fluviales de California.

«En la prensa abundan los titulares alarmistas acerca de una supuesta amenaza sobre el agua que la población consume en su vida cotidiana, cuando en realidad este uso supone apenas el 10% del total».

Es importante hacer estas aclaraciones, dado que en la prensa abundan los titulares alarmistas acerca de una supuesta amenaza sobre el agua que la población consume en su vida cotidiana, cuando en realidad este uso supone apenas el 10% del total. Según datos del Public Policy Institute of California (PPIC), los mayores usos del agua en el Golden State son en realidad la preservación del ecosistema y de las cuencas hidrográficas (50%) y la agricultura (40%).

Además, tanto el uso agrícola como el urbano están experimentando un aumento muy significativo de la eficiencia desde los 90. En el primer caso, este fenómeno se explica por la extensión de cultivos de mayor rentabilidad como uvas y nueces, lo que ha permitido aumentar la producción agraria, reduciendo a la vez el consumo de agua. En lo que respecta al uso urbano, la instalación de tecnologías más eficientes en los hogares y un menor uso del agua con finalidades ornamentales (riego de césped, fuentes públicas, etc.) también han permitido disminuir su consumo a pesar del aumento de la población.

Por tanto, ¿dónde está entonces el problema?

Lo que convierte a la cuestión del agua en California en un asunto tan complejo es que su principal dificultad no tiene carácter económico sino climático: el agua cada vez es más escasa.

A pesar de todos los esfuerzos de la población por reducir su consumo, estos avances siguen siendo insuficientes para compensar los efectos de la sequía que desde 2011 aqueja al primer estado por producto interior bruto (PIB) de Estados Unidos. Por este motivo precisamente se han puesto en marcha iniciativas como la cotización de este recurso en los mercados de futuros, la cual para numerosos analistas podría contribuir a darle un uso más responsable y proteger a los consumidores de la escasez.

Una garantía ante la incertidumbre

«Al igual que los futuros de cultivos ayudan a los agricultores a reducir la incertidumbre sobre sus ingresos, negociar futuros de agua les daría la posibilidad de hacer lo mismo sobre los gastos».

Como es natural, al tratarse de contratos de futuros, las operaciones no llevan implícita una entrega inmediata del bien subyacente hasta que se ejecuta la operación, pero sí permiten que la transacción se realice a un precio pactado de antemano. En otras palabras, esto significa que dos personas pueden llegar a un acuerdo para que dentro de un año, el vendedor entregue al comprador el derecho de uso de una cantidad de agua determinada, a un precio en dólares por acre-pie que acuerden en el momento de la firma del contrato.

En realidad, no se trata de nada nuevo para los agricultores, pues ya están acostumbrados a operar en mercados de materias primas, donde los contratos de futuros se negocian con frecuencia. Podemos verlo, hoy en día, en productos tan básicos para el consumo como el trigo o el maíz. Si bien existe una cierta polémica al respecto, lo cierto es que son muchos los agricultores que recurren a los futuros, porque les permiten asegurar la venta de sus productos a un precio determinado, sin correr el riesgo de que en el momento de la cosecha pueda haber sobreproducción y se vean obligados a vender por debajo de sus costes.

Para entender el problema, es necesario recordar la función de la formación de precios en una economía de mercado. Los precios son, ante todo, un sistema de transmisión de información: en el momento en que una transacción tiene lugar a un precio determinado, el empresario puede estimar cuánto están dispuestos a pagar sus clientes, y eso a su vez sirve de referencia para sus competidores. Además, esa variable condiciona cuánto está dispuesto a pagar el propio empresario por sus factores de producción (materias primas, empleados, etc.), ya que en ningún caso éstos pueden superar el precio del producto final.

La eficacia de los precios para transmitir información suele ser considerada una de las grandes fortalezas de la economía de mercado, aunque en la práctica este sistema puede tropezar con serias dificultades en algunos sectores. De esta manera, mientras muchos bienes pueden ajustar sus precios de forma casi inmediata (normalmente los sujetos a un ciclo de producción más corto), hay ciertos productos agrícolas donde es imposible hacerlo. El motivo es que el hecho de concentrar toda la producción en unas pocas cosechas al año implica que todos los empresarios deben sacarla al mercado a la vez, lo que reduce su margen para ajustar cantidades y precios.

Esto obliga a los agricultores a planificar su próxima cosecha tomando como referencia la anterior, lo que puede provocar grandes oscilaciones en los precios. De esta forma, si un año el precio del trigo ha subido, el mercado está indicando a los agricultores que la oferta es insuficiente con respecto a la demanda, lo que incentivará a muchos de ellos a apostar por ese cultivo para la próxima cosecha. El problema es que si este comportamiento se generaliza, al año siguiente puede haber una sobreproducción de trigo que hunda los precios y arruine a los agricultores.

En este contexto, podemos entender la importancia de los futuros en el sector agrario, porque funcionan como un mecanismo para reducir la incertidumbre de los agricultores sobre el precio al que podrán vender sus cosechas. Además, la posibilidad de negociar los futuros a lo largo de todo el año les permite ajustarse a las previsiones más actualizadas sobre el comportamiento del mercado y así evitar sufrir el ajuste de precios de todo un año en el momento de la cosecha. Todo ello, redunda en un cálculo más seguro de la rentabilidad de cada cultivo, más estabilidad laboral, así como más confianza para la inversión a largo plazo.

Teniendo en cuenta estas ventajas, ¿por qué no pensar también en la posibilidad de negociar contratos de futuros sobre el agua, uno de los principales factores de producción que emplea el sector agrícola?

El razonamiento de los partidarios de esta iniciativa es que al igual que los futuros de cultivos ayudan a los agricultores a reducir la incertidumbre sobre sus ingresos, negociar futuros de agua les daría la posibilidad de hacer lo mismo sobre los gastos. Dicho de otra manera, permitiría que los empresarios del sector puedan poner su actividad a salvo de las oscilaciones en el precio del agua, algo cada vez más frecuente debido a las últimas sequías.

Por otra parte, un sistema de formación continua de precios, sin el efecto estacional de la agricultura, podría dar a los agentes del mercado una imagen más actualizada de la oferta y demanda de agua en cada momento. Como es natural, esto también podría fomentar los cultivos que requieran menos recursos hídricos y la instalación de tecnología de riego más eficiente.

¿Acceso o propiedad?

«En realidad no se trata de quién posee los recursos hídricos, sino de que sean accesibles para todos los consumidores».

No obstante, también hay personas que se oponen a la posibilidad de que se negocien contratos de este tipo en los mercados financieros. Bajo este punto de vista, el agua es un bien esencial para la vida humana y por tanto no puede estar sujeta a ningún tipo de especulación, porque si lo estuviera podría acabar concentrándose en pocas manos y muchas personas se verían privadas de ella.

Este debate es más amplio, ya que incluye el dilema en torno a la privatización del agua, el cual ya hemos analizado en artículos anteriores. En este sentido, la principal objeción suele ser que la concentración de la propiedad del agua en forma de monopolios privados suele llevar a un deterioro de la calidad del servicio y a una limitación del acceso universal a ella. La consecuencia lógica de este razonamiento suele ser que los recursos hídricos deben estar bajo monopolio estatal o bien en manos privadas, pero bajo condiciones muy reguladas por las autoridades.

El problema en este caso es confundir propiedad con accesibilidad. Cuando se plantea este debate, en ocasiones, se confunden ambos conceptos y es importante distinguirlos, porque en realidad no se trata de quién posee los recursos hídricos, sino de que sean accesibles para todos los consumidores. De hecho, en el mercado de futuros pueden operar agentes públicos y privados en igualdad de condiciones, y la propiedad de los derechos de uso puede concentrarse con la misma facilidad con la que puede extenderse.

En Europa del Este, en los años 80, se planteaba un dilema similar en torno a otro bien tan básico como el pan, cuya producción y distribución era monopolizada por el Estado, precisamente para asegurar la accesibilidad de todos. Y, sin embargo, en esos países el pan escaseaba mientras que abundaba del otro lado del Muro de Berlín, donde se permitía la especulación con los precios del trigo. La lección de esta experiencia es que un bien puede ser público y, a pesar de ello, poco accesible. Y, en ocasiones, también puede ser asequible para todos, a pesar de estar en manos privadas.

Aún es pronto para aventurar si el agua seguirá por el mismo camino, pero ya son muchos los inversores que apuntan a ella como una apuesta a futuro. Algunos intentan desarrollar tecnologías que permitan un uso más eficiente, y otros, como los compradores de futuros, buscan más seguridad para sus negocios, pero todos ellos, atendiendo a un denominador común, intentan posicionarse en torno a un bien cada vez más preciado en la economía del siglo XXI. 

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